Adolfo restaurante se encuentra en la calle Hombre de Palo 7, a escasos metros de la catedral de Toledo.
Desde la entrada, decorada con estucos venecianos, podemos contemplar la cocina y su frenética actividad. En los cuatro salones que forman el restaurante encontramos telare, policromías del siglo XV, cuadros, cerámicas… y hasta una pequeña librería con ejemplares únicos dedicados a la gastronomía; y todo conjugado con una extrema exquisitez y sobriedad.
Platos ligeros y sencillos en la judería de Toledo. El desplazamiento a esta casona del siglo XIV se justifica con solo probar sus especialidades, como el arroz de caza o la merluza al azafrán.
Un lugar para enamorarse de la comida, de los artesonados, de los vinos, del ambiente y de sus perlas de mazapán que hacen temblar el alma de los aceros que traen los samuráis en sus entresijos. Una fundición de sentidos corporales que se fragua en el sentido común y la llaneza de este empresario que ha levantado su reino sobre la genialidad.
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Hemos estado este fin de semana en este restaurante para celebrar nuestro aniversario, y la verdad salimos encantados e impresionados. El restaurante es una pasada en cuanto a diseño, conjuga moderno y antiguo de manera brutal. El trato de los camareros es casi familiar, con lo que te sientes muy a gusto y nosotros por lo menos, nos dejamos aconsejar en todo. La comida, espectacular. Pedimos un gazpacho de fresón con bogavante, perdiz de dos maneras, estofada y plancha y ciervo, asombroso, degustamos una tabla de 6 quesos de toda España, vino,... Ya ni me acuerdo, y todo muy bueno. La localización, pegado a la catedral, inmejorable. El precio, caro según se mire. La relación calidad - precio para mí es muy buena. Mereció bastante la pena. Repetiremos sin duda.
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Para resumir este restaurante tengo una frase: "no vale lo que cuesta", y es así porque creen (y cobran así) dar un servicio exclusivo y excelente, que luego no se corresponde. La comida escasita y un poco sosaina que se me ajustaría más con precios más bajos, algunas cosas llegaban a la mesa fría otras estaban como resecas. Eso sí, los vinos buenos y de gran variedad y uno de los sumiller sabe de lo que habla y no te intenta meter nada caro que tu no quieras. El servicio, pésimo (es que realmente no encuentro palabras para describir a alguno de los camareros y sus modos y formas de servir). Al final, cuando uno no está contento viene el propietario y te intenta hacer la pelota para que no le pongas muy verde. En fin, primera noche en Toledo y decepción total con este restaurante, una pena la verdad.
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